Licuadora, cafetera, horno de microondas, cuchillos, asador, sillón reclinable, basurero, silla con ruedas, platos, vasos, tazas, toallas, sábanas, persianas japonesas, bocinas, tocadiscos, tractor, taladro, martillo, cinturón para herramientas, pintura, escoba, almohadas, velas, curitas, tupperware, duct tape, tijeras, bicicleta, shopping trolley, lámpara, escalera plegable, tetera y todo lo demás que ahora no recuerde.
Siempre me han gustado las revistas que anuncian servicios o productos como las que en México llegan cada semana a las casas o como las que las tiendas DIY suelen poner cerca de las cajas. No es porque compre las cosas, me gusta verlas, leer cada una de las pequeñas letras e imaginar que me sirve de algo lo que ofrecen.
Mirando un libro de productos de una tienda de acá llamada Argos que cada cierto tiempo saca un libro de productos mucho más grueso que los directorios telefónicos, me puse a pensar que todas esas cosas son diseñadas para "el hogar" pero esas me parecen palabras mayores. Tener un hogar. Tener algo tuyo donde puedas llorar en paz y martillar las paredes sin rendirle cuentas a un rentero o a tus papás. Si no, podrá sentirse como un lugar personalizado pero finalmente alejado de ti por ese detalle de ocupar algo que no te pertenece precisamente.
Entonces la cuestión es crear uno, del modo que convenga, y que esos objetos tengan un sentido más allá que el utilitario. Construirte un hogar a pulso de quererlo para ti y, eventualmente, de compartirlo.