no me pude defender, mi carro no está en condición para pasar de 120 a 10km/h en unos segundos.
le había contado que cada vez que me toca un semáforo en rojo se me nubla la vista y pierdo la noción de muchas cosas. ayer iba en una avenida que no tenía ese trío de luces que tanto miedo me daba cuando aún no me atrevía a agarrar el carro porque sentía que en ellos se me apagaría. pensé que al distraerme por cuatro segundos para pensar en ella y no en el camino, no tendría problema ya que era una avenida amplia y no venían carros a mi alrededor.
no puedes frenar algo que está en movimiento a una velocidad tal que el carro incluso empieza a vibrar -porque ya es viejo- de un segundo a otro sin pretender que algo malo suceda. lo que más me molestó fue que yo no quería frenar, yo quería que viera que podíamos llegar muy, muy lejos y quería ir tan rápido hasta acabarme la gasolina y detenerme saliendo disparada por el cristal. fue diferente. las calaveras rotas no me dejaron ver desde lejos que algo estaba cayendo en medio de la avenida, algo que yo no podría esquivar. ese día no me esperaba las palabras que escuché, ni las miradas que buscaban esconderse. la esperaba a ella como a quien sale de la cárcel tras haberse culpado de algo que no cometió, la esperaba para decirle que seguía creyendo en las cosas a las que no le tenía que poner palabras porque su lenguaje no estudiado era el que menos me mentía. la duda de si esta vez realmente quería decir esas cosas que balbuceó, cayó como ese árbol que me frenó el querer cualquier cosa que hubiera deseado compartida.
y este es el tipo de cosas que no tendré a quién contar porque al verme con un brazo enyesado, la cintura dislocada y unos moretones como los que siempre quise, no les diré lo que realmente pasó. las verdades son cosas que me reservaba para quien creía que tenía un interés comiéndole los nervios y por lo tanto tenía que alimentarle en todo momento. ahora puedo inventar cualquier cosa. sólo ella sabría que a veces siento a la muerte como algo que se sube al carro conmigo y me dice que está bien distraerme, que aunque ella no va a volver y el carro no frene a tiempo, alguien se quedará en este mundo a llorarme el aire que, colándose por la ventanilla, esa noche se impregnará sobre las partes de mi cara que días antes besó como si nada pudiera caer entre las dos.
sábado, 24 de abril de 2010
Brockton.
Hoy extraño mis discos y me lleno de polvo las manos buscándolos en cajones que parecían estar escondiéndose de la luz. Sólo están los cadáveres y los veo y aún recuerdo la expresión de sus ojos cuando los miré por última vez, aunque el lugar donde coincidimos no lo sé y por eso la búsqueda. La ventana de esta casa es grande y el cielo está tan nublado que es uno de esos días que yo llamo blancos y en los que me gusta mirar casas pintadas de blanco hasta confundirlas con el cielo y perder la línea negra que les da su volumen. Me acuerdo de estar escuchando esos discos detrás de una ventana también grande. Afuera nevaba y yo nunca había tenido tanta nieve tan cerca. Quisiera vivir algo así de nuevo. Algo que no fuera una deuda, un reclamo, confusión u olvido.
viernes, 2 de abril de 2010
el tubo que explota
hoy caí en cuenta de que paso la mayor parte de mis días encerrada como un ratón.
me separan del exterior muchas más cosas que la reja y las puertas con sus múltiples candados. hay una distancia incalculable entre la gente de ésta ciudad y yo.
unos pasos sobre banquetas agrietadas con pétalos de jacarandas en sus huecos, son a penas lo que puedo contar fuera -aunque no lejos- del encierro. todos los días hago el mismo camino y sería estúpido tratar de variar mi llegada al metro porque eso implicaría invertir -más bien verter o perder- más tiempo para lograr una libertad ficcionada.
cuando se tienen pensamientos negativos como éste, bajar por las escaleras que parecen no acabar y moverse entre la gente para la que eso es también rutina, es acercarme a la muerte sin oportunidad de tentarme el corazón.
no. yo no imagino que me arrojo a las vías ante la mirada de niños, adultos y ancianos -que ya de por sí suelen no ver bien y alterar todo- en señal de una muerte pensada como castigo social. no me veo como a un cigarro prendido en un pabellón de enfermos de enfisema pulmonar, o como a esa señora que se antojaría invisible, con los senos caídos saltando la cuerda. no pienso, tampoco, en éso que es tan mío como en un regalo. tan simple y tan definitorio como que mi muerte es mía. yo elijo más encierro, mucho más. se trata de cosas que no tienen qué ver conmigo. ocupan mis pensamientos mientras camino de un vagón a otro en ese transborde del que parece que no he de salir. tengo esa sensación de que lo que está afuera siempre es mejor. no yo, enterrada ahí, sintiéndome tan cerca del centro de la tierra. ¿a quién le puede importar? pasamos chocando unos con otros y asquéandonos de los pasamanos grasosos que todos tocamos para sostenernos de algo -porque incluso ahí, te caes-. de pronto veo que una tubería explota, que nos asfixiamos, que corremos pero no conseguimos subir por las escaleras que son tantas y tan altas, que se incendia algo en pleno recorrido del vagón. veo que nos morimos todos, es decir, ellos cada uno con su muerte y yo con la mía, pero ahí entre tanta gente nadie atinaría a decir después en una nota que yo no les di mi muerte, que sólo es mía porque yo soy la que la pensó.
y no es que tenga ganas de morirme: es que tengo esa costumbre malvada de siempre pensar en algo que nos implique a todos en lugar de optar por prestarle atención a si me he enchinado bien las pestañas o si llegaré oliendo a yogurt de fresa a mi destino que nunca, en la perra vida mía, me ha gustado llamar final.
me separan del exterior muchas más cosas que la reja y las puertas con sus múltiples candados. hay una distancia incalculable entre la gente de ésta ciudad y yo.
unos pasos sobre banquetas agrietadas con pétalos de jacarandas en sus huecos, son a penas lo que puedo contar fuera -aunque no lejos- del encierro. todos los días hago el mismo camino y sería estúpido tratar de variar mi llegada al metro porque eso implicaría invertir -más bien verter o perder- más tiempo para lograr una libertad ficcionada.
cuando se tienen pensamientos negativos como éste, bajar por las escaleras que parecen no acabar y moverse entre la gente para la que eso es también rutina, es acercarme a la muerte sin oportunidad de tentarme el corazón.
no. yo no imagino que me arrojo a las vías ante la mirada de niños, adultos y ancianos -que ya de por sí suelen no ver bien y alterar todo- en señal de una muerte pensada como castigo social. no me veo como a un cigarro prendido en un pabellón de enfermos de enfisema pulmonar, o como a esa señora que se antojaría invisible, con los senos caídos saltando la cuerda. no pienso, tampoco, en éso que es tan mío como en un regalo. tan simple y tan definitorio como que mi muerte es mía. yo elijo más encierro, mucho más. se trata de cosas que no tienen qué ver conmigo. ocupan mis pensamientos mientras camino de un vagón a otro en ese transborde del que parece que no he de salir. tengo esa sensación de que lo que está afuera siempre es mejor. no yo, enterrada ahí, sintiéndome tan cerca del centro de la tierra. ¿a quién le puede importar? pasamos chocando unos con otros y asquéandonos de los pasamanos grasosos que todos tocamos para sostenernos de algo -porque incluso ahí, te caes-. de pronto veo que una tubería explota, que nos asfixiamos, que corremos pero no conseguimos subir por las escaleras que son tantas y tan altas, que se incendia algo en pleno recorrido del vagón. veo que nos morimos todos, es decir, ellos cada uno con su muerte y yo con la mía, pero ahí entre tanta gente nadie atinaría a decir después en una nota que yo no les di mi muerte, que sólo es mía porque yo soy la que la pensó.
y no es que tenga ganas de morirme: es que tengo esa costumbre malvada de siempre pensar en algo que nos implique a todos en lugar de optar por prestarle atención a si me he enchinado bien las pestañas o si llegaré oliendo a yogurt de fresa a mi destino que nunca, en la perra vida mía, me ha gustado llamar final.
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