viernes, 2 de abril de 2010

el tubo que explota

hoy caí en cuenta de que paso la mayor parte de mis días encerrada como un ratón.

me separan del exterior muchas más cosas que la reja y las puertas con sus múltiples candados. hay una distancia incalculable entre la gente de ésta ciudad y yo.

unos pasos sobre banquetas agrietadas con pétalos de jacarandas en sus huecos, son a penas lo que puedo contar fuera -aunque no lejos- del encierro. todos los días hago el mismo camino y sería estúpido tratar de variar mi llegada al metro porque eso implicaría invertir -más bien verter o perder- más tiempo para lograr una libertad ficcionada.
cuando se tienen pensamientos negativos como éste, bajar por las escaleras que parecen no acabar y moverse entre la gente para la que eso es también rutina, es acercarme a la muerte sin oportunidad de tentarme el corazón.

no. yo no imagino que me arrojo a las vías ante la mirada de niños, adultos y ancianos -que ya de por sí suelen no ver bien y alterar todo- en señal de una muerte pensada como castigo social. no me veo como a un cigarro prendido en un pabellón de enfermos de enfisema pulmonar, o como a esa señora que se antojaría invisible, con los senos caídos saltando la cuerda. no pienso, tampoco, en éso que es tan mío como en un regalo. tan simple y tan definitorio como que mi muerte es mía. yo elijo más encierro, mucho más. se trata de cosas que no tienen qué ver conmigo. ocupan mis pensamientos mientras camino de un vagón a otro en ese transborde del que parece que no he de salir. tengo esa sensación de que lo que está afuera siempre es mejor. no yo, enterrada ahí, sintiéndome tan cerca del centro de la tierra. ¿a quién le puede importar? pasamos chocando unos con otros y asquéandonos de los pasamanos grasosos que todos tocamos para sostenernos de algo -porque incluso ahí, te caes-. de pronto veo que una tubería explota, que nos asfixiamos, que corremos pero no conseguimos subir por las escaleras que son tantas y tan altas, que se incendia algo en pleno recorrido del vagón. veo que nos morimos todos, es decir, ellos cada uno con su muerte y yo con la mía, pero ahí entre tanta gente nadie atinaría a decir después en una nota que yo no les di mi muerte, que sólo es mía porque yo soy la que la pensó.


y no es que tenga ganas de morirme: es que tengo esa costumbre malvada de siempre pensar en algo que nos implique a todos en lugar de optar por prestarle atención a si me he enchinado bien las pestañas o si llegaré oliendo a yogurt de fresa a mi destino que nunca, en la perra vida mía, me ha gustado llamar final.

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