lunes, 29 de marzo de 2010

dentro de poco.

me veo subiendo las escaleras de tu departamento lentamente y me adivino arreglándome el cabello al pisar el último escalón. me detengo frente a tu puerta y dejo ir un suspiro por el hueco apolillado que queda entre ese pedazo de madera chueco y la pared. al abrir la puerta no sé si lo que siento más es el aire de afuera desesperado salvaje solitario queriendo desnudarte o si es el aire encerrado seco mudo de tu sala queriendo abrazarme. ante la incógnita están tus brazos y tus senos que siento aun a pesar de que me engrandezco al estar rodeada por ti.

el lugar se me hace tan conocido: ese dibujo en la pared, esos sillones recién adquiridos, y sobre todo, conocido es vernos ahí.

propongo -aunque sin decirlo- que recargues tu cabeza en mi pecho y no tardas en entenderme. te abarco (me abarco en ti). tus piernas adoptan una postura que debiera ganar varios concursos y luego me besas como si de sacarme algún veneno con dulzura se tratara. mueve ésa mano, por favor. hay algo que tienes que saber.

yo sé que llegará el día en que nos habremos de ir y alguien se encargará de hacernos borrar eso que por ahora vive en la pared; en ese momento querré un día más ahí para asegurarme de que el departamento habrá de quedarse con nuestro espíritu. quiero obsequiárselo a él no como algo que ya no se ocupa sino como algo que ya no puede ser así en otro lado.

desearé escuchar tus sollozos pues siempre me gustó escucharte llorar pero ahora será con un fin doble, ese placer y el de hacerte cómplice de las paredes. te daré lo necesario para encontrarme con tus gemidos y con tus explicaciones -en voz madura- de por qué no debería volver a lastimarte (o siquiera imaginarme haciéndolo).

el sonido de tus cosas regadas en el piso -esas cosas que siempre estás cambiando de lugar porque sueñas que les encuentras un lugar donde están en orden- tal vez no será lo primero que el siguiente inquilino note pero si se encuentra muy solo se dará cuenta de cuál marco era nuestro favorito para hacernos contra él y también sabrá lo que cocinamos juntas porque estoy segura que los rincones detrás de la estufa nunca fueron limpiados.

descubrirá restos de ti y de mí: tus cabellos y los míos, tus migajas y las mías -que eran siempre ya una misma cosa- en el piso de tu cuarto. verá que los barrotes de tu ventana están gastados de un solo lado, que es de donde tú te agarrabas para acercarnos con más fuerza a ese pasadizo -no puedo llamarlo estado- en el que consensualmente nos olvidamos de la otra porque sólo sabemos que a la muerte nos vamos solas y que nos estamos yendo y es tanta y tan fuerte que sólo recordarla nos puede hacer volver a abrir los ojos.

espero que no te enojes al saber que no sólo tú me oliste cuando muerta. no creo que haya forma de que, al agarrar un tenedor o colgar una toalla, esas paredes y esos pisos olviden esas escenas que no podíamos trasladar a la calle sin miedo.

me duele por el departamento. me duele porque a ella la llenarán de otros gestos y yo a ti te habitaré en cualquier otro lugar pero, para empezar bien, tendremos que decir que será porque nos espera una vida, no una mejor -aunque quisiera asegurarla- sino otra.

despediremos una última mirada, viéndola aún como algo nuestro, como un hijo que ya creció y que puede quedarse ahí siempre con riesgo de ser demolido, de ser ocupado por alguien que no se acostumbre a sus ángulos, y por quien crea que la luz que entra por sus ventanas no es suficiente o acaso la más adecuada para ver en todo detalle la piel de una mujer con la que no se piensa en un futuro como el nuestro sino en aquél que se desea inmediato para poder venirse. sólo eso: un recorrido conocido y simple, un titular de periódico que se sabe de memoria y se pasa con café.

yo no habré de contarle que yo incluso quedé cegada, ya por el sol, por la luna y por tu piel; habremos de dejar las cosas claras, aparentemente calmas. sólo tú, yo, las paredes, las ventanas, el piso, la puerta y la pared sabremos cómo quedarnos mudas por miedo al error de entorpecer en un descuido éste abandono, éste destierro elegido.

1 comentario:

  1. He visto como el concreto se va llenando con los años. Absorbe esa energía de lo que pasa dentro. Es como si fuera un espíritu artesanal que se va construyendo por todos los que tocan ese espacio. Se torna un lugar triste, amistoso con brazos abiertos o atemorizante, es algo que no se puede fingir y que necesita mucho tiempo.
    Digamos que "peinamos" varios cabellos de este espacio y esperemos que siga poniéndose así de bonito.

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