a veces ignorábamos los límites del espacio y del tiempo mutilábamos los momentos en que no debíamos estar juntas, porque aunque solamente yo sabía las cosas ocultas, las defendía completamente: esos momentos que nos separaban ya no debían existir, pero yo no quería echarme el cargo de romperle el corazón a alguien más.
yo desafiaba la ley que dicta que entre el amor y el sexo no hay una gran distancia. me sentía capaz de ver nuestras cosas más políticamente correctas de lo que tal vez eran porque al verla tras la puerta con su ropa en el piso adivinaba mi destino. pensaba en lo adulto que era saber a quién regresarías a encontrarte todas las noches después de cierta hora. acertaba siempre, siendo además su refugio.
dejé caer la cuenta muy rápido y me quedó una duda que fue resuelta de igual manera: ¿sabía yo lo que era perder un brazo, algo mío? esperaba conseguir una respuesta que me hiciera saber que eso marca el fin, que no hay manera de continuar sin él. mi opción más tajante como dolorosa y saludable fue no mentirme más. dejando que mi voz temblara hasta estrellarse con el eco ingratificante de ese cuarto donde no habría de contarle ya diferencias me respondí que "es algo soportable. que ya no esté dentro de mí es algo completamente soportable. y más, porque ella te lo confió todo: su paso seguro, su mirada directa, su sonido valiente y su decisión que parecía inalterable -siendo ella el manojo de titubeos más constante con el que hayas estado-; pero puedes sentirte casi complacida, hay gente que queda más lejos de compartirse lo cierto. a ti en cambio sólo te faltó contarle el secreto. lo callaste porque eso habría hecho parecer mentira lo entrañablemente real".
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