martes, 2 de noviembre de 2010

me acomodo bien aquí.

"ya estuvieras llegándole", le dije mientras acomodaba mi cara sobre el retrete frío.
luego añadí: "recuerda que querer no es requerir, que vomitar es volver a vivir
y que lo único que yo quiero ahora, es morirme."

lunes, 1 de noviembre de 2010

privada nuevo león.

no pasa de quedarse quieta
no me habla
no se mueve hacia mí
las ventanas lo son cuando fuera de ellas hay
algo
en lo que se quisiera vivir;
si no son límites
imperfecciones por donde se cuela luz
y yo
que he adoptado la forma de esta casa

que todo habrá de quedarse así
una vez más
mañana
y después
que no vendrás a construirme una ventana
y acabar de una, este hablar de nada
para hablártelo todo

pues nunca te pedí luz
me molesta
y cuando
agitaba tus nervios hasta estallarlos
en realidad era
mi forma precaria de decirte:
sellemos los vidrios
desayunémonos los adentros
aquí
sin salir
mañana

lunes, 11 de octubre de 2010

por esto mejor nada.

no te hablo porque estoy perturbada, pues estás tú y están todas las palabras que me sé y entre ustedes me confundo y me limito a babear como un perro desnutrido que después lo ha dejado de ser. confieso que te siento. me gustaría que supieras lo que es para mí decirlo refiriéndome a la acción de colocarte en una silla así como a la turbación de padecerte.

no le escribo a isabel pues siento que conocí más a gabriela, esa mujer escondida detrás o acaso debajo de la primera. gabriela es a quien yo pondría a la venta en el mesón estrella, sin duda alguna la vendería a granel. a todos nos falta, cada fin de semana, una cucharada de una muy enfocada mirada, un manojo de nervios y miedos que hay que preparar como té.

sábado, 2 de octubre de 2010

no quiero ser parte de.

esta vida de ciudad no da espacio al silencio más que cuando los demás sienten que se lo han ganado. una vida, una mala comunicación, un respeto a cambio de un silencio.
yo tengo las palabras, estoy tratando de hacerlas parte de mí para poder hablarme y eventualmente llegar al otro pero no quiero el camino fácil, recorrido mediocre que es porque sí y no se piensa demasiado.

sábado, 18 de septiembre de 2010

océano.

¿has visto las venas de tus brazos desde adentro? ¿atravesando la piel?

ariana era como un cable expuesto o como la idea de ese cable, como saber que al conectarlo verías una película que te dejaría devastado toda la semana. si quisieras acercarte sin fijarte en sus orillas sueltas, terminarías cortándote o electrocutándote. las condiciones en que nos acercamos me hicieron relajarme ante la idea de estar bajo una exposición peligrosa. ella llegó aquí porque su camión se detuvo afuera, y tenía sed. no había visto un vaso de agua vaciarse como ese día. cada gota que entraba a su boca me fastidiaba de un modo que me provocaba un ardor en la garganta, ganas de bebérmelas también aunque no me gustara tomar agua. desde entonces imaginé el desastre que estaba por llegar.

"tú para mí eres cierto, eres mi más dulce pensamiento. el precio, sabes, es un poco el mar, te enreda y no te quiere soltar" cantó ella en ese cuarto cuya luz no había sido nunca tan perfecta. en la mañana había llovido, entonces las sábanas estaban revueltas como las ondas de su pelo sobre mí sobre sus ojos sobre su vientre amplio. ella no era una mujer delgada, y eso era una de las cosas que -sin pensarlo en el momento- me causaban más ternura. no estábamos ahí, yo lo aseguro. estaban nuestras palabras entrecortadas, nuestras manos entrelazadas, nuestras venas entregadas a llevarnos fuera de todo. y sobre mí, estaban las máquinas calientes en que se convertían sus piernas, y ese vientre que me hacía pensar en querer darle hijos. nuestra naturaleza era dejar de ser, ésa era nuestra única regla. un sonido así, una punción tan contundente no podía durar por siempre. así que ariana se ha ido, y no hace falta buscarla. de vez en cuando vuelve a llover y recuerdo su canción, no puedo simular estar fuera como cuando ella estaba en mí pero puedo meter los dedos en lo que dejó. cada espacio ocupado es pertenecido. en ella voy.

jueves, 26 de agosto de 2010

declaración de que puedes ser lo que sea.

hoy no quiero hacer la cena. dejaré que se haga sola, si le apetece, si tiene la necesidad. pienso volverme una con la colcha y declararme fuera de la humanidad. volverme la onda de la pasta dentrífica al salir por el tubo manoseado. revolverme como la sopa que dejarás enfriar meneando hacia un lado y después, súbitamente, hacia el otro, sólo para descubrir lo que ya estabas a punto de decir que sabías: que yo también puedo convertirme en algo que de nada te sirve.

miércoles, 30 de junio de 2010

obsequio con la instrucción de no tomarse literal (o sí).

incluso hoy que has cambiado las cortinas de la ventana vieja que se abría con el viento fuerte.
incluso hoy que ante la duda de mi alcance has mandado cambiar la cerradura.
incluso hoy he entrado a tu departamento y me he sentado en tu sillón naranja, el grande, a observar por la ventana de rombos largas horas lloviendo una tras otra.

incluso hoy que has usado una blusa más escotada que las que usabas cuando estabas conmigo.
incluso hoy que alguien más se habrá fijado en lo convenientes que son esos planetas erguidos ante el frío (o algo parecido, más humano, más provocado).
incluso hoy he pensado que cargas diariamente el tamaño perfecto para darle de beber por un tiempo a mis hijos.

incluso hoy que has dejado tu ropa en el piso de alguien más.
incluso hoy que has gritado en su cuarto como si no importara quién pudiera escucharte ni que pensara que te están matando (esa muerte que te da todo el tiempo y que aún no aprendo).
incluso hoy he entrado en tu cuerpo y me he observado por un largo rato las manos que tiemblan con la apariencia de haber estado las horas tomando un baño (como si fueran de goma, más blancas, más sinceras).

incluso hoy que nadie me ha llamado y que a nadie escribí.
incluso hoy que he dormido con el espacio sobrado de una cama que es demasiado grande sólo para mí.
incluso hoy que no me he levantado con la sensación posterior al exilio del sexo de no deberle nada a nadie, de no deberte ni a ti un suspiro.
incluso hoy he dicho que estaba ocupada contigo.

incluso hoy que he sonreído indiscretamente con la sonrisa adulta de otra mujer y no he esquivado las arrugas alrededor de sus ojos.
incluso hoy que a ella no le he contado un chiste y aun así se ha reído una hora junto a mí.
incluso hoy he concluído que nadie es más mi niña que tú, también mujer.

incluso hoy que recordé lo que hiciste.
incluso hoy que me di cuenta de lo que sigues haciendo en mí.
incluso hoy que no te alcanzo.
incluso hoy que sólo me atrevo a escribir lo que no te puedo decir (te amo).
incluso hoy que salgo del paréntesis para decírtelo así: te amo.
incluso hoy que creo que pronto vuelves y que vuelves por mí.

incluso hoy, aunque no te lo deba.

sábado, 26 de junio de 2010

hay quienes duermen con todas las luces de la casa apagadas.

noche tras noche subo la escalera de caracol y al ir llegando al último escalón vuelve la fotografía que no olvido. tengo la sensación de que ni siquiera merezco el sueño, que no he hecho nada que valga la pena, durante el día no vi más que la fotografía, no debería ser capaz de cerrar los ojos. voy a sentarme junto a la ventana y recojo las cortinas; cuando hay mucho viento parece que incluso ellas estorban a los pocos deseos que tengo como ver las nubes o encontrar una estrella.

me subo al banco que tengo acomodado ahí y a lo lejos, en los dos cerros que alcanzo a ver, veo todos los focos que sí están prendidos. parece que titilan y cuando me percato de ello aparece nuevamente la fotografía. me pregunto qué estarán haciendo dentro de las casas con las luces prendidas, si dormirán, pelean o hacen el amor pero sobre todo qué estarás haciendo tú y si hay alguien que esté como yo noche tras noche no puntual pero sí sin falta, deseando tener una buena razón para dormir, un buen deseo cumplido, un regalo bien recibido. estoy harta de que dormir se haya vuelto sólo una cosa que se hace porque no se tienen razones para vivir en un mundo donde las luces a veces se dejan encendidas.

lo que más pesa es la anticipación a eso que siento al llegar al final de la escalera. en ese momento ya sé que nada pasó, que nadie llamó, nadie quiso escribirme. ¿cómo merecer dormir? ¿cómo si durante el día nadie supo de mí, nadie quiso encontrarme? ¿cómo soñar todos los días el mismo sueño y despertar queriendo que el día se haya vuelto a acabar? para evitar volver a pisar el escalón, volver a sentir que no ha valido la pena. que no ha valido la pena para nada.

viernes, 11 de junio de 2010

¿tú sabes por qué?

intenté volver a ver su gesto con el deseo inútil de haber congelado todas las cosas que con ella me duraron tan poco. si cerraba los ojos podía ver los suyos y un montón de puntos azul-verdosos, de los que se ven cuando te esfuerzas por no ver lo que realmente está ahí. decidí que lo intentaría con ambos ojos bien abiertos pero las paredes naranjas y los colores cálidos del cuarto en el que habíamos estado en una ocasión me distraían. lo más que podía atinar a hacer era el movimiento que hizo la última vez que me vio. ese era el gesto en el que quería verla de nuevo, para analizarla. no es que fuera una mirada hermosa o un gesto de sorpresa. se trataba de algo que en ella era tan extraño porque nunca la había visto hacer algo parecido. había dicho incluso que si pudiera quedarme con una sola cosa suya sería con su manera de mirarme. así que me aparecí ahí del modo que sea y lo que vi no lo entiendo. ella tenía la costumbre de apretar la frente y los labios hacia abajo de un modo muy especial cuando estaba enojada o cuando estaba a punto de llorar. yo decía que parecía una niña cayendo de rodillas a un piso de piedra. en su infantil expresión la encontraba cuando hacíamos el amor, cuando me pedía que no la lastimara más y cuando yo le decía que no quería verla.
esta vez hizo ese gesto mientras me miraba directo a los ojos pero inmediatamente después me miró de abajo hacia arriba. suele llamársele a eso "barrer" pero no veo por qué habría tenido que hacer eso. no estaba caminando sobre zancos ni nada fuera de lo común, sólo traía un cabestrillo y un collarín que ella ya sabía que traía aunque no me había visto con ellos. después de eso volvió a decir un "ey" apagado y se dio la vuelta. la vi alejarse entre la gente y con lo poco que quedaba de mí decidí no seguirla.

y ahora sólo me veo a mí repitiendo el movimiento, su figura no está muy clara en ese recuerdo y me duele cada vez que intento cerrar los ojos porque casi todo lo que veo son puntos azul-verdosos.

no miento al decir que no quisiera más que verla y que ella pudiera mirarme como cuando yo pedía que eso fuera un bien infinito. esa imagen sí está muy clara. ¿tú sabes por qué?

jueves, 20 de mayo de 2010

welwitschia en casa.

manejaré esto con la misma seriedad que implica el dar a conocer información importante no sólo a las personas dedicadas a entender y clasificar este tipo de reportes, sino a toda la humanidad capaz de salir de sus cubiertas casi impermeables de egoísmo. he decidido que, debido a las características de lo que voy a revelar, es necesario que nadie crea que se trata de un engaño, o un mero intento por hacer notar diferencias en mi vida en relación a las demás cuando no las hay. caso cuya tentación suele ser mucha para todos, pero que no obstante, no me haría desviar su atención hacia mí por medio de mentiras. pues, ¿quién sería yo si lo hiciera, sino una embustera que se dedica a investigar algo sorprendente, no ya con el fin de adjudicarse su descubrimiento sino de exhortarles a creer que sé de alguien que ocupa la existencia de tal cosa en este preciso momento?

en base a la observación y realización de preguntas a los que sí saben, he aprendido tanto de las plantas y de sus procesos de crecimiento y mantenimiento, que me es difícil pensar en algún momento en que no haya sido sorprendida por alguien totalmente absorta mirando algún especimen nuevo. generalmente, me gusta creer que clasifico y decodifico las cualidades de las plantas con el fin de crear un acervo para el estudio posterior -que a veces nunca llega-, y desde hace varios meses me he dedicado específicamente al estudio de los gimnoespermas. éstos son básicamente los árboles u arbustos que muestran sus semillas desnudas, y carecen de flores. dentro de esa clase, existe un pequeño orden llamado gnetofitos, que contiene a todos los gimnoespermas que por ser tan diferentes al resto de ellos, ocupaban tener una clasificación más especial. los gnetofitos se clasifican en tres familias, y son los gnetaceae, ephedraceae y welwitschiaceae. esta última familia contiene una sola especie reconocida, llamada welwitschia mirabilis. y es ella precisamente la que ha provocado en mí la maravilla misma que su nombre en latín indica. la tumboa, como se le conoce en la zona del desierto de namib, en angola, es una planta con una rareza tan extrema no sólo física sino biológicamente. durante toda su vida, mantiene las mismas estructuras básicas: un tallo grueso, dos (o hasta tres, en casos raros) hojas largas y raíces. el tallo tiene más pinta de tronco de árbol que de otra clase de planta, y se han visto especímenes de hasta 1.2 metros con 8.7 metros de ancho. sus hojas largas, crecen alrededor de 15cm por año y le sirven para absorber el agua de la brisa nocturna directamente del piso, pues con el aire y el mismo peso de sus hojas van haciendo una especie de enredadera en el piso. también están diseñadas para hacer una especie de excavación, para encontrar el agua debajo de la tierra cuando no llueve por grandes períodos de tiempo -cosa común en aquella región-, es por eso que se le considera una de las plantas más extrañas y resistentes descubiertas hasta ahora. además, las tumboas tienen ambos sexos separados, y cada uno tiene sus propias características, como el hecho de que los conos donde exhiben sus semillas son de colores y formas diferentes dependiendo si son masculinos o femeninos. unas de sus cualidades más extrañas en comparación al resto de los gimnoespermas, consiste en el hecho de que los conos masculinos muestran algo parecido a las flores, que recuerdan a los angioespermas, que sí las poseen. las tumboas también tienen unos tejidos conductores de agua que sirven para el mejor uso de ese recurso pocas veces recibido. con todas estas adaptaciones, no es difícil entender por qué algunas de las welwitschias tienen una edad aproximada de hasta 1500 años. generalmente no hay adjetivos que no indiquen sorpresa y fascinación para referirse a la onyang, como también se le llama a su versión femenina que en la región de herero es consumida asada y considerada como la cebolla del desierto.

a lo que voy es, que quiero decir que yo tengo una welwitschia: es una mujer. por su aspecto saludable no pareciera tener ni siquiera los 600 años que viven en promedio las tumboas, pero ni siquiera ellas lucen mal habiendo vivido todos esos años, al contrario. ella ciertamente necesita agua, y la toma de igual forma de cuanta fuente tenga a su alcance. no digo que podría reemplazarla teniendo una welwitschia creciendo en mi patio, no. a pesar de lo afortunada que sería con un especimen tan raro en mi propiedad terrestre, la urgencia que tengo es de notificar que a diario convivo con una mujer tan sorprendente y tan rara, ante quien me quedo por prolongadas cantidades de tiempo llevada por una brisa mágica que expide de sus hojas -de sus ojos, sus brazos, sus costillas, sus senos, sus piernas abiertas- todo el tiempo. tal vez, pensarán que de estar enterada de tal similitud que se ha instalado en mi mente para pensar en ella, no se sentiría tan halagada como si lo hiciera como el resto de la gente, de una vil rosa o un atardecer envinado. yo no lo creo. repito, ella es una de las pocas personas que en mi campo perceptivo considero tan poderosamente extraña que hasta su manera de percibir la belleza en sus puntos más brillantes tiene otros tintes que jamás vi.

yo a esto me dedico, a observar. pero si hay algo con quien observar no es suficiente porque me une a ella todo y por ende necesito la cruel e imposible certeza de cercanía, no es a la welwitschia en medio del desierto esperando la noche para poder respirar con un poco de frescura. es a mi mujer, que además sueña, se ríe, se cae, desea cosas y me extraña.

y si ella esto lo entiende, si se queda a vivir entre el verdadero peso de mis palabras, yo me vuelvo brisa para cada una de sus noches de su vida de tumboa.

sábado, 24 de abril de 2010

cambio de copiloto.

no me pude defender, mi carro no está en condición para pasar de 120 a 10km/h en unos segundos.

le había contado que cada vez que me toca un semáforo en rojo se me nubla la vista y pierdo la noción de muchas cosas. ayer iba en una avenida que no tenía ese trío de luces que tanto miedo me daba cuando aún no me atrevía a agarrar el carro porque sentía que en ellos se me apagaría. pensé que al distraerme por cuatro segundos para pensar en ella y no en el camino, no tendría problema ya que era una avenida amplia y no venían carros a mi alrededor.

no puedes frenar algo que está en movimiento a una velocidad tal que el carro incluso empieza a vibrar -porque ya es viejo- de un segundo a otro sin pretender que algo malo suceda. lo que más me molestó fue que yo no quería frenar, yo quería que viera que podíamos llegar muy, muy lejos y quería ir tan rápido hasta acabarme la gasolina y detenerme saliendo disparada por el cristal. fue diferente. las calaveras rotas no me dejaron ver desde lejos que algo estaba cayendo en medio de la avenida, algo que yo no podría esquivar. ese día no me esperaba las palabras que escuché, ni las miradas que buscaban esconderse. la esperaba a ella como a quien sale de la cárcel tras haberse culpado de algo que no cometió, la esperaba para decirle que seguía creyendo en las cosas a las que no le tenía que poner palabras porque su lenguaje no estudiado era el que menos me mentía. la duda de si esta vez realmente quería decir esas cosas que balbuceó, cayó como ese árbol que me frenó el querer cualquier cosa que hubiera deseado compartida.

y este es el tipo de cosas que no tendré a quién contar porque al verme con un brazo enyesado, la cintura dislocada y unos moretones como los que siempre quise, no les diré lo que realmente pasó. las verdades son cosas que me reservaba para quien creía que tenía un interés comiéndole los nervios y por lo tanto tenía que alimentarle en todo momento. ahora puedo inventar cualquier cosa. sólo ella sabría que a veces siento a la muerte como algo que se sube al carro conmigo y me dice que está bien distraerme, que aunque ella no va a volver y el carro no frene a tiempo, alguien se quedará en este mundo a llorarme el aire que, colándose por la ventanilla, esa noche se impregnará sobre las partes de mi cara que días antes besó como si nada pudiera caer entre las dos.

Brockton.

Hoy extraño mis discos y me lleno de polvo las manos buscándolos en cajones que parecían estar escondiéndose de la luz. Sólo están los cadáveres y los veo y aún recuerdo la expresión de sus ojos cuando los miré por última vez, aunque el lugar donde coincidimos no lo sé y por eso la búsqueda. La ventana de esta casa es grande y el cielo está tan nublado que es uno de esos días que yo llamo blancos y en los que me gusta mirar casas pintadas de blanco hasta confundirlas con el cielo y perder la línea negra que les da su volumen. Me acuerdo de estar escuchando esos discos detrás de una ventana también grande. Afuera nevaba y yo nunca había tenido tanta nieve tan cerca. Quisiera vivir algo así de nuevo. Algo que no fuera una deuda, un reclamo, confusión u olvido.

viernes, 2 de abril de 2010

el tubo que explota

hoy caí en cuenta de que paso la mayor parte de mis días encerrada como un ratón.

me separan del exterior muchas más cosas que la reja y las puertas con sus múltiples candados. hay una distancia incalculable entre la gente de ésta ciudad y yo.

unos pasos sobre banquetas agrietadas con pétalos de jacarandas en sus huecos, son a penas lo que puedo contar fuera -aunque no lejos- del encierro. todos los días hago el mismo camino y sería estúpido tratar de variar mi llegada al metro porque eso implicaría invertir -más bien verter o perder- más tiempo para lograr una libertad ficcionada.
cuando se tienen pensamientos negativos como éste, bajar por las escaleras que parecen no acabar y moverse entre la gente para la que eso es también rutina, es acercarme a la muerte sin oportunidad de tentarme el corazón.

no. yo no imagino que me arrojo a las vías ante la mirada de niños, adultos y ancianos -que ya de por sí suelen no ver bien y alterar todo- en señal de una muerte pensada como castigo social. no me veo como a un cigarro prendido en un pabellón de enfermos de enfisema pulmonar, o como a esa señora que se antojaría invisible, con los senos caídos saltando la cuerda. no pienso, tampoco, en éso que es tan mío como en un regalo. tan simple y tan definitorio como que mi muerte es mía. yo elijo más encierro, mucho más. se trata de cosas que no tienen qué ver conmigo. ocupan mis pensamientos mientras camino de un vagón a otro en ese transborde del que parece que no he de salir. tengo esa sensación de que lo que está afuera siempre es mejor. no yo, enterrada ahí, sintiéndome tan cerca del centro de la tierra. ¿a quién le puede importar? pasamos chocando unos con otros y asquéandonos de los pasamanos grasosos que todos tocamos para sostenernos de algo -porque incluso ahí, te caes-. de pronto veo que una tubería explota, que nos asfixiamos, que corremos pero no conseguimos subir por las escaleras que son tantas y tan altas, que se incendia algo en pleno recorrido del vagón. veo que nos morimos todos, es decir, ellos cada uno con su muerte y yo con la mía, pero ahí entre tanta gente nadie atinaría a decir después en una nota que yo no les di mi muerte, que sólo es mía porque yo soy la que la pensó.


y no es que tenga ganas de morirme: es que tengo esa costumbre malvada de siempre pensar en algo que nos implique a todos en lugar de optar por prestarle atención a si me he enchinado bien las pestañas o si llegaré oliendo a yogurt de fresa a mi destino que nunca, en la perra vida mía, me ha gustado llamar final.

martes, 30 de marzo de 2010

las mujeres que me gustan aquí.

(to be continued)

las piernas entumidas, todavía son piernas y me siguen moviendo. su incomodidad es el equivalente en el cuerpo al regaño que recibe un niño que se ha hecho caca en los calzones andando en plena calle. no hace que se detenga el paso, sólo lo condiciona.

no tengo mala circulación, sólo estuve de pie en una posición extraña alrededor de una hora hojeando unos libros sobre lámparas y lofts. el tiempo pasó más rápido que lo que me hubiera costado conseguir el dinero que costaban esos libros que, como siempre en la sección de arquitectura, resultan bastante caros.

lunes, 29 de marzo de 2010

dentro de poco.

me veo subiendo las escaleras de tu departamento lentamente y me adivino arreglándome el cabello al pisar el último escalón. me detengo frente a tu puerta y dejo ir un suspiro por el hueco apolillado que queda entre ese pedazo de madera chueco y la pared. al abrir la puerta no sé si lo que siento más es el aire de afuera desesperado salvaje solitario queriendo desnudarte o si es el aire encerrado seco mudo de tu sala queriendo abrazarme. ante la incógnita están tus brazos y tus senos que siento aun a pesar de que me engrandezco al estar rodeada por ti.

el lugar se me hace tan conocido: ese dibujo en la pared, esos sillones recién adquiridos, y sobre todo, conocido es vernos ahí.

propongo -aunque sin decirlo- que recargues tu cabeza en mi pecho y no tardas en entenderme. te abarco (me abarco en ti). tus piernas adoptan una postura que debiera ganar varios concursos y luego me besas como si de sacarme algún veneno con dulzura se tratara. mueve ésa mano, por favor. hay algo que tienes que saber.

yo sé que llegará el día en que nos habremos de ir y alguien se encargará de hacernos borrar eso que por ahora vive en la pared; en ese momento querré un día más ahí para asegurarme de que el departamento habrá de quedarse con nuestro espíritu. quiero obsequiárselo a él no como algo que ya no se ocupa sino como algo que ya no puede ser así en otro lado.

desearé escuchar tus sollozos pues siempre me gustó escucharte llorar pero ahora será con un fin doble, ese placer y el de hacerte cómplice de las paredes. te daré lo necesario para encontrarme con tus gemidos y con tus explicaciones -en voz madura- de por qué no debería volver a lastimarte (o siquiera imaginarme haciéndolo).

el sonido de tus cosas regadas en el piso -esas cosas que siempre estás cambiando de lugar porque sueñas que les encuentras un lugar donde están en orden- tal vez no será lo primero que el siguiente inquilino note pero si se encuentra muy solo se dará cuenta de cuál marco era nuestro favorito para hacernos contra él y también sabrá lo que cocinamos juntas porque estoy segura que los rincones detrás de la estufa nunca fueron limpiados.

descubrirá restos de ti y de mí: tus cabellos y los míos, tus migajas y las mías -que eran siempre ya una misma cosa- en el piso de tu cuarto. verá que los barrotes de tu ventana están gastados de un solo lado, que es de donde tú te agarrabas para acercarnos con más fuerza a ese pasadizo -no puedo llamarlo estado- en el que consensualmente nos olvidamos de la otra porque sólo sabemos que a la muerte nos vamos solas y que nos estamos yendo y es tanta y tan fuerte que sólo recordarla nos puede hacer volver a abrir los ojos.

espero que no te enojes al saber que no sólo tú me oliste cuando muerta. no creo que haya forma de que, al agarrar un tenedor o colgar una toalla, esas paredes y esos pisos olviden esas escenas que no podíamos trasladar a la calle sin miedo.

me duele por el departamento. me duele porque a ella la llenarán de otros gestos y yo a ti te habitaré en cualquier otro lugar pero, para empezar bien, tendremos que decir que será porque nos espera una vida, no una mejor -aunque quisiera asegurarla- sino otra.

despediremos una última mirada, viéndola aún como algo nuestro, como un hijo que ya creció y que puede quedarse ahí siempre con riesgo de ser demolido, de ser ocupado por alguien que no se acostumbre a sus ángulos, y por quien crea que la luz que entra por sus ventanas no es suficiente o acaso la más adecuada para ver en todo detalle la piel de una mujer con la que no se piensa en un futuro como el nuestro sino en aquél que se desea inmediato para poder venirse. sólo eso: un recorrido conocido y simple, un titular de periódico que se sabe de memoria y se pasa con café.

yo no habré de contarle que yo incluso quedé cegada, ya por el sol, por la luna y por tu piel; habremos de dejar las cosas claras, aparentemente calmas. sólo tú, yo, las paredes, las ventanas, el piso, la puerta y la pared sabremos cómo quedarnos mudas por miedo al error de entorpecer en un descuido éste abandono, éste destierro elegido.

a cierta velocidad.

leticia maneja con una mano al volante
y la otra -porque tiene dos-
agarrándose el cuello por detrás de la cabeza
tocándose el cabello que es tan largo
moviéndose la blusa para rascarse un poco

y ella se deja ver
-me refiero a que no es discreta en sus haceres pero
tampoco creo que lo haga para llamar la atención-
es una mujer que maneja así
y no con la inclinación anciana de las mujeres estresadas
porque se sabe capaz
de frenar y de pisar más fuerte su acelerador
como si se tratara de un momento clave
en el momento de enclavarse con su novia
que no soy yo
pero podría
y sin duda la invitaría a acelerarme
a verme manejar también
con una sola mano al volante
y la otra en un lado diferente
donde me clave la mano
o los dedos -al menos dos-
a 120 kilómetros por hora
en cualquier avenida
o en cualquier callejón

martes, 23 de marzo de 2010

en gabriela.

ese lunarsito
motivo oscuro de mi atención
meteorito caído irremediablemente
entre su cuello y su clavícula
entre lo que me atrevo a tocar y lo que no

si está ahí es porque puede
-y porque no,
no soy ni somos nunca nada
si no somos sucediéndole,
herida o comodidad impregnada a su sudor-
ser visto de repente
al descubrirse la blusa
al removerse el cabello
sabiendo que cayó fuerte
sin saber por eso desde qué altura cayó.

27 de septiembre de todos los años.

ella:
nunca nada, y sin embargo, todo.

lunes, 22 de marzo de 2010

re-inauguración primaveral de nosotras.

(to be continued)

sufro de frío, tiemblo cuando la gente goza del calor.

valeria vive en un congelador y eso, sólo ahí, nunca me detuvo para estar desnuda caminando en él.

la tarde de ayer su departamento estaba más oscuro que de costumbre; el sol casi no llega a él porque lo cubren otros pisos con sus respectivas sombras. su cuarto, sin embargo, tenía esa luz industrial que me daña los ojos y que ya no necesitaba pedirle que hiciera apagar.

estábamos en la cama ya cuando apagué la ventana porque ella me lo pidió y porque nos encontramos con la sensación de no soportar más el no habernos tocado en unas semanas.

viernes, 19 de marzo de 2010

le escribí este enero.

como relojillo en un cuarto de muñecas
que existe sólo en la parte luminosa de mis sueños
tamborilea algo en las paredes de mis venas
cuando intento deletrear su nombre sin sentir emoción alguna

pero ella no sólo habita en lo que me ha hecho recuperar:
esa parte inefable de la vida donde frecuentemente
las situaciones más extremas suelen acorralarse
con el deseo de no tener que juzgarlas de ciertas

mi sonrisa de estos días tiene cierto sabor a algo tierno
que me he comido entre una esperanza y otra,
sin que ella lo sepa todavía.

sin esa bendita excusa.

a veces ignorábamos los límites del espacio y del tiempo mutilábamos los momentos en que no debíamos estar juntas, porque aunque solamente yo sabía las cosas ocultas, las defendía completamente: esos momentos que nos separaban ya no debían existir, pero yo no quería echarme el cargo de romperle el corazón a alguien más.

yo desafiaba la ley que dicta que entre el amor y el sexo no hay una gran distancia. me sentía capaz de ver nuestras cosas más políticamente correctas de lo que tal vez eran porque al verla tras la puerta con su ropa en el piso adivinaba mi destino. pensaba en lo adulto que era saber a quién regresarías a encontrarte todas las noches después de cierta hora. acertaba siempre, siendo además su refugio.

dejé caer la cuenta muy rápido y me quedó una duda que fue resuelta de igual manera: ¿sabía yo lo que era perder un brazo, algo mío? esperaba conseguir una respuesta que me hiciera saber que eso marca el fin, que no hay manera de continuar sin él. mi opción más tajante como dolorosa y saludable fue no mentirme más. dejando que mi voz temblara hasta estrellarse con el eco ingratificante de ese cuarto donde no habría de contarle ya diferencias me respondí que "es algo soportable. que ya no esté dentro de mí es algo completamente soportable. y más, porque ella te lo confió todo: su paso seguro, su mirada directa, su sonido valiente y su decisión que parecía inalterable -siendo ella el manojo de titubeos más constante con el que hayas estado-; pero puedes sentirte casi complacida, hay gente que queda más lejos de compartirse lo cierto. a ti en cambio sólo te faltó contarle el secreto. lo callaste porque eso habría hecho parecer mentira lo entrañablemente real".

nadia o casi nada.

me acuerdo de cuando me pediste que siguera haciendo lo que tuviera que hacer sin que tu presencia me distrajera. dijiste que sólo estarías observando "como un fantasma". ¿por qué me hablaste así­ con tan poco tiempo de conocerme? yo no sé pero lo he tomado en cuenta y he seguido. me es difícil a veces hacerlo sin pensar que tus ojos son brillantes (en extremo) y que como dice una canción, "tus ojos son un millon de millas azules". siempre te he visto con esa mirada de leche, de bebé, con la cabeza ladeada hacia la derecha para poner más atención.

te veo ir de aquí para allá y de vez en cuando sonríes y desde donde te veo esas sonrisas tienen olor, uno muy agradable. hueles a mujer que comparte casa con su vientre primero, aunque confieso que a tu edad se me hace raro. me cuesta poco imaginarme escurriéndome por la escalera de tu casa en madrugada para ir a verte. tu clóset ha de tener un foco adentro y en él predominantes han de ser las prendas azules. desde que te conocí supe que te encanta ese color porque siempre lo llevas puesto. deberías saber que tú no eres sólo el agua, tú puedes salir a cualquier superficie.

a los dos días de conocerte me enteré -por medios aún más antojables que leves sugerencias que se dejan ver por un pantalón que llega más abajo de la cadera- que también llevas ropa interior azul, pero no azul océano sino uno más chillante. así han de llorar tantas cosas cuando se van de ahí. yo no vengo a quejarme, te juro que no.

tengo preguntas que no quieres contestarme por miedos con raíces profundas que quiero arrancarte. ¿por qué hablas tan bonito? ¿por qué eres un fantasma tan tangible? miro la foto que tanto valor me costó tomarte y toco la cara, los brazos y la espalda que tú en cambio me tocaste. me veo en el espejo y reconozco, no sé qué más pero al menos una figura que tú ya viste y me pregunto qué pensaste. ¿alguna vez se detiene tu día para pensar que cada vez que aparecía era para verte de nuevo?, ¿o que fui hasta allá únicamente para encontrarte? porque has de saber que así como dijiste que el sol, te deslumbra, mucho -con esas pausas que aquí sólo puedo extrañar con comas- así me deslumbras tú. no tienes idea cómo me he imaginado una vida arreglada, perfectamente balanceada, pero contigo. cómo esas calles frías me servirían tanto si tuviera la certeza de que las camino a tu lado.

sueño más de dí­a -todo el día- que de noche, que descubro estrellas negras, estrellas que están vivas y que por eso no son como las que todos ven. pienso en que de cerca, muy, muy cerca yo te digo dónde las he descubierto y te las señalo una a una hasta mecernos el cansancio.

con la misma fuerza con que me dijiste lo del sol, te digo aquí a kilómetros: cielo, para mí sigues siendo blanco y sabes a lo que una mujer que vive todaví­a con sus padres.

el centro solo.

aún hay días en que me llegan algunas melodías a la cabeza, y en esas calles solas -por las que siempre me las ingenio para ir- voy tratando de no perderlas hasta llegar a la casa. engullo los sonidos porque no tengo mucho más.

en días como ésos, que son los de hoy, mi cuarto se siente frío y a veces se filtra agua de lluvia por debajo de las puertas viejas que me encierran.

de las paredes cae un escupitajo de memorias al que nunca le encuentro boca. se hacen charcos que nadie más que nosotras -concreto y yo- vemos. me siento en el sillón verde y en la oscuridad se enciende algo con un sonido especial que me recuerda a días que pasaron hace muchos años. sabemos que nadie vendrá.

éstos encierros, éstas cosas que me atrevo a llamar búsquedas para aligerarme la oquedad pretenden que, en tu ausencia, el sentimiento no se extinga. todavía hago esta música y cierro los ojos. (me gusta pensar que me remonto al momento perfecto de estar junto a ti). toco con una fe enorme, hasta sangrar y dejar mis dedos lo suficientemente heridos como para pintar con ellos las cuerdas de las guitarras, arrinconadas ya, con las que nunca más volveré a conseguir quitarte la ropa.

¿alguna vez has tenido que limpiar tu propia sangre?

yo me invento una coreografía nueva cada vez que recuerdo que mis dedos ya no me sirven de intérpretes. sobra decir que esas cosas nunca son ensayadas y nunca hay estreno.

a mí me gustaba bailar con las manos, porque con ellas y contigo fue que empecé a sentir que ésta forma no presenta oportunidad para el carraspeo ocasional ni las pausas prolongadas. cuando de algún modo consigue hacer algo así en un descuido bien hilado, no hay manera de suponer lo que piensa el de la mano entre una y otra, porque no vemos su rostro. sin embargo es la forma que yo escojo porque tú sí me conocías la voz y las miradas. puedes verme diciéndote esto y sabes lo que pienso entre un punto y otro. (¿no vuelves?) sabes que no podré dejar de hacerlo porque en días como éstos, que son los de hoy, aún no tengo mucho más.